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El ensimismamiento

Felipe Benítez Reyes  |  Firma invitada · Mercurio 171 - Mayo 2015
  • In Firma invitada · Mercurio 171
  • — 24 Abr, 2015
© Eva Vázquez

© EVA VÁZQUEZ

Los niños de mi barrio teníamos dos opciones de expansión, consistentes no tanto en jugar al fútbol o al toreo como en jugar a ser futbolistas de fama o toreros de gran gloria, ya que nuestra imaginación —que andaba por entonces en todo su ser, con varios motores— trasladaba las proezas a un ámbito de irrealidad: la portería señalada con tiza en un muro era la de un gran estadio y el niño que hacía de toro era un toro. Tras el gol, oías el eco fantasmal de un rugido unánime. Tras una tanda de pases bien templados, cerrabas los ojos para disfrutar de la aclamación enloquecida de un público invisible, que se volvía frenética al producirse una cornada, con su sangre igualmente invisible. A los romanos imperiales y a los pistoleros despiadados jugábamos todos. El fútbol y el toreo, en cambio, eran materias optativas y excluyentes entre sí. Una elección de heroísmo entre la espada y el balón. Mi padre se había metido por entonces a empresario taurino, de modo que no hace falta que diga a qué jugaba yo cuando no jugaba a los pistoleros o a los romanos.

Uno que tenía muy buena caligrafía se encargaba de hacer los carteles, con nuestro nombre y nuestro apodo artístico. Las abuelas nos cosían un trajecillo con cenefas de tapicería y con cualquier adorno que tuviesen a mano. Las niñas sabían que jugábamos a jugarnos la vida, y eso era en realidad lo importante: que nuestras faenas circularan en boca de ellas, ya que, al fin y al cabo, el toreo tiene mucho de disciplina verbal: lo que sucede en un ruedo solo puede ascender a leyenda por la vía de la exégesis, ya que, al ser el relato de un visto y no visto, tiene que apoyarse en las palabras para asentarse en la memoria: contar algo permite la resurrección de ese algo, y el aficionado taurino vive en gran medida de resurrecciones. Lo que cuenta. Lo que le cuentan. Lo que alcanza a ver —desde la sublimación— después de lo que ha visto. ¿Las películas? Eso no tiene realidad, por tener demasiada: en 1987, en Las Ventas, Rafael de Paula le hizo una faena a un toro de Martínez Benavides que no tardó en ascender al rango de mítica. “Se me presentó el Espíritu Santo”, declaró el torero, supongo que por decir algo.

Pasaron luego la película de aquella faena en Jerez de la Frontera y un paulista cabal le dijo a Paula: “Lo del Espíritu Santo contigo tampoco fue una cosa del otro mundo, Rafael”, y cuentan que el torero le contestó: “Es que el Espíritu Santo no sale en los vídeos”. En el ruedo, en fin, ocurre lo que ocurre, pero no hay dos aficionados que lo interpreten del mismo modo ni que lo tasen al unísono, como si se tratara en realidad de alucinaciones. Porque un punto de alucinación tiene el asunto: la mirada del aficionado casi no dispone de tiempo para recrearse en lo que sucede en ese guiñol de fugacidades, y la reflexión vendrá luego, con hipérbole o sin ella.

Los niños de mi barrio no sé a qué jugarán ahora, aunque sé que no juegan a ser toreros de fama inmortal. Hoy se tiende a asociar la afición al toreo al señoritismo de habano y camisa de rayas con gemelos, a la estética de pelo engominado y de zapatos lustrados por un limpiabotas, cuando no al sádico endomingado que disfruta con el martirio de un animal. Pero el caso es que los niños de mi barrio teníamos dos opciones que representaban dos visiones distintas del mundo, aunque ambas servían a un mismo impulso de grandeza homérica: ser los héroes renombrados. Ser los soñadores afanosos de la gloria. Cuando el tiempo era nuestro y no era tiempo.

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