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Apostillas a ‘Cántico’

VICENTE MOLINA FOIX  |  Firma invitada · Mercurio 149 - MARZO 2013
  • In Firma invitada · Mercurio 149
  • — 1 Mar, 2013
Tengo ante los ojos mis grafitti del grupo Cántico. La cosa sucedió entre 1966 y 1969, tiempo muy dado a las pintadas. Estudiaba yo en la Complutense y había descubierto la existencia de esos oscuros pero radiantes poetas cordobeses gracias a Pedro Gimferrer, amigo recién hecho y muy adelantado a su época, que era la mía; Vicente Aleixandre, a quien había empezado a visitar un año antes, aseveraba la relevancia de la revista y sus hacedores. Así que me lancé a buscar en las librerías de Madrid los pequeños pero elegantes volúmenes de las colecciones Adonais y Ágora, comprando Antiguo muchacho y Óleo de García Baena (Junio, y es para mí un tesoro, me lo regaló también por entonces Carlos Bousoño, pues lo había recibido por duplicado, y en los dos casos con la dedicatoria admirativa de Pablo), Una voz cualquiera de Juan Bernier, El aire que no vuelve y Los silencios de Julio Aumente, Los días terrestres de Vicente Núñez, todos pagados a doce o catorce pesetas; tuve asimismo Corimbo de Ricardo Molina, que se llevó de mi casa un poeta cleptómano y hube de reponerlo, primero con la excelente antología que preparó Mariano Roldán para Plaza & Janés y más tarde con los dos volúmenes de la obra completa moliniana. El indicio del gran impacto que esos libros de los años cincuenta produjeron en mí son las huellas dactilares y los subrayados a lápiz y a bolígrafo que dejé en tantos de sus versos, en los que el catolicismo y la sensualidad homoerótica lograban maridarse, en un matrimonio que no parece que fuese blanco.

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‘Concierto de amor’, tapiz dibujado y labrado por Ginés Liébana y Pablo García Baena.

Pongo ejemplos. Leí antes que a Eliot el portentoso poema “Carta de una dama”, en el que Núñez glosa y se reencarna en un verso del autor de La tierra baldía; las páginas 50 y 51 de mi ejemplar de Adonais son hoy un palimpsesto de interjecciones y superlativos. El “Poema de la gente importante” de Bernier, de su citado libro (1959), me pareció el modelo moderno y disoluto de hacer poesía social: “Cuando el periódico en grandes letras anunció que el jefe del Estado venía, / eran gente importante. / Nos afeitábamos, nos lavábamos y usábamos de los trajes oscuros […] y éramos gente importante. / Pero cuando queríamos vivir, nos desnudábamos e íbamos al río […] Y cuando queríamos gozar, nos desnudábamos enteramente / y fundíamos nuestros besos, nuestra carne y nuestro sexo, / sin ser hombres importantes”.

“Bajo la dulce lámpara”, como “Casida” (“Ay, no se puede ser desgraciado bajo las palmeras”), “Amantes” o “Junio” son solo algunos títulos memorables de García Baena, uno de los grandes poetas del siglo XX; no quiero ni contar la cantidad de signos de entusiasmo inscritos a mano en mi ejemplar de Óleo bordeando el poema “Palacio del cinematógrafo”, que después de cuarenta años de relectura aún no sé si es un hondo tratado sobre la espera amorosa, una historia abreviada del cine romántico o una incitación a llevar a cabo ante la gran pantalla actos más convulsivos que los preconizados por Breton y Vaché. Respecto a Molina, y por encima de la empatía onomástica, me deslumbró en Corimbo y en su anterior Elegías de Sandua (1948), que leí después, la máquina perfecta del verso y el don de no perder la gravedad en el desnudo, en la clandestinidad, en la risa (¿qué pensaría Juan Ramón de la broma criptogay sobre él en la Elegía XII?). Y este estupendo epitafio que se escribe a sí mismo en la XIII: “Y otros dirán tal vez: ‘Amaba solo el cuerpo. / Era un materialista. / Sus Elegías son poco recomendables. / Muchas podrían tacharse incluso de inmorales’”.

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