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Un maestro del detalle

Alejandro Luque  |  Ensayo · Mercurio 186 - Diciembre 2016
  • In Ensayo · Mercurio 186
  • — 22 Nov, 2016
Peter Handke. © Sebastian Reich

Peter Handke. © SEBASTIAN REICH

Ensayo sobre el lugar silencioso
Peter Handke
Trad. Eustaquio Barjau
Alianza
104 páginas | 12 euros

Ensayo sobre el lugar silenciosoQuienes conozcan la obra del austriaco Peter Handke ya sabrán de su gusto por el paseo, la observación y la introspección, así como su querencia por el noble y viejo oficio del teatro. Estos son, precisamente, los fundamentos de su última novela.

El protagonista es un veterano actor en la víspera de un rodaje. Atraviesa un bosque en dirección a la gran ciudad, gozando de las gratas temperaturas estivales, y en este periplo invierte toda la jornada. Claro que no se trata de un paseante distraído, ni apresurado. Por el contrario, conoce el valor de la contemplación, que reside “en el saber contemplar, en el paso de un mirar sin poner atención a un contemplar atentamente, y por tanto a aprender en lo sucesivo, dicho de otra manera, a ser receptivo a formas que por primera vez se hacen visibles…”.

El amarillo de la hoja, la estructura de las flores, el dibujo de la espuma en la raíz de los árboles, sonidos, luces, olores, silencios: Handke vuelve a demostrar sus facultades como maestro del detalle, y su personaje vibra con cada sugestión; a ratos, incluso padece con ellos, como cuando se enfrenta angustiosamente a una escurridiza semilla de limón.

Por otro lado, en su caminata el actor se cruza —nunca sabemos si realmente, o solo en su imaginación, pero, ¿importa?— con personajes llamativos, desde pobres diablos a un locutor negro de televisión, y desde el presidente del país haciendo footing con sus escoltas y su equipo de gobierno a un cura sin feligreses… Con ellos tiene la pirandelliana sensación de ser, en una onírica inversión de papeles, el espectador único del gran teatro del mundo.

Un mundo que, dicho sea de paso, se le antoja a ratos un monumental campo de batalla. Frente a la soledad meditativa, la idea de la vecindad como fuente inagotable de conflictos, una guerra sorda que puede, de improviso, volverse sangrienta.

Hay también una mujer, que gravita permanentemente sobre la narración aunque no esté presente. Una mujer con la que el protagonista ha dormido, y a la que se supone que volverá a ver esa misma noche. Tiene hambre de ella, esa palabra emplea, y es una de sus diversas hambres. Sin embargo, nada más empezar la historia, se nos advierte que estamos en el día “que terminó con la Gran Caída”. Qué caída es esa, si un accidente físico o una circunstancia espiritual, forma parte del juego que propone Handke, escritor virtuoso, hermético a ratos, asombroso siempre.

He aquí una literatura mal avenida con las prisas, con la impaciencia. En las antípodas de la lectura entendida como simple entretenimiento. Literatura, en fin, contra corriente, no solo en el contexto del mercado editorial, sino de la propia vida que llevamos, con sus horarios, sus tiranas redes y aplicaciones, su obsesión por la velocidad para no llegar a ninguna parte.

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