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La pena tizna

Tomás Val  |  Mercurio 173 · Narrativa - Septiembre 2015
  • In Mercurio 173 · Narrativa
  • — 28 Ago, 2015

El comensal
Gabriela Ybarra
Caballo de Troya
176 páginas | 15,90 euros

El comensalDesde antes del Tenorio, sabemos que a la mesa suele acudir todo aquel a quien se invita, esté muerto o vivo. Los métodos de invocación son varios, desde la repetición de fórmulas mágicas al mucho más sencillo y doméstico de colocar cubiertos y un plato de más sobre el mantel. En la familia de Gabriela Ybarra cuentan que siempre se sienta un comensal invisible, un invitado al que ponen vaso y plato y que, “cuando aparece, proyecta su sombra sobre la mesa y borra a alguno de los presentes”.

El 20 de mayo de 1977, cuatro encapuchados de ETA se presentaron en la vivienda de Javier Ybarra, el abuelo de Gabriela, empresario y político vasco, y lo secuestraron a punta de pistola en presencia de sus cuatro hijos. Se exigió un rescate de 1000 millones de pesetas. Un mes más tarde, el 18 de junio, ETA anunció que había asesinado a Ybarra. El comensal se había llevado a la primera de sus víctimas. Muchos años después, aunque en el tiempo de la novela ambos sucesos pertenecen a un mismo instante, la madre de la escritora enferma de cáncer y muere. Segunda víctima.

Gabriela Ybarra. © Leo Otegui

Gabriela Ybarra. © LEO OTEGUI

El comensal es una mirada serena y cuajada de dolor que logra transmitir al lector la inmensa pena que Gabriela Ybarra sintió ante la agonía de su madre y el rescoldo de intensa pesadumbre que se asentó en esa familia, para siempre, tras la muerte del patriarca Javier. La pena tizna, advertía Hernández. Toda la tragedia nos es contada en voz baja: da la impresión de que la narradora —al comienzo del libro nos advierte de que la memoria siempre acaba fermentando en la imaginación— da unos pasos atrás para adquirir cierta perspectiva. Pero es la tragedia, el dolor, lo que la convierte en una extraña que observa.

Ese mismo dolor golpea especialmente —hasta casi derrotarlo— a otro de los personajes, con muy poca presencia en la novela pero de una enorme fuerza emotiva: Enrique, el padre de Gabriela, el hijo del secuestrado, el viudo de la muerta…

Hay un gran afán en Gabriela Ybarra por comprender. A menudo se siente extraña en la realidad y por eso, para reconocer, para reconocerse, vuelve a los escenarios del dolor, al monte donde apareció su abuelo, al hospital de Nueva York donde trataron a su madre, al antiguo amante…

Gabriela Ybarra nos cuenta cómo se hace adulta entre la somera investigación que hace del asesinato de su abuelo, a manos de ETA, y la experiencia de ver morir a su madre de un cáncer invasivo. Un relato terapéutico de cómo la cotidianeidad se adentra en lo trágico sin que nos demos cuenta, la nostalgia que acarrea lo perdido, la atmósfera de tristeza y de miedo que cayó sobre tantas familias víctimas del terrorismo…

Una muy buena primera novela, una voz narrativa que nace con la promesa de que dentro de ella alumbrarán nuevas y hermosas historias.

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